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Con frecuencia se oye decir que la comida japonesa se come con los ojos. Y es cierto. La primera impresión que se recibe al observarla es de armonía y de belleza. Luego se aprecia su organización pues, cuando se trata de una comida muy formal, kaiseki, el orden es estricto. En los hogares japoneses, sin embargo, el ceremonia cede su lugar intimidad y al goce familiar.
Al disfrutar de las cuatro estaciones, Japón cuenta con una variada producción de frutas y verduras. Su situación insular, de otra parte, le garantiza un acceso casi ilimitado a los productos marinos desde pescados y mariscos hasta toda clase de algas frescas y secas. Esta abundancia de vegetales y frutos del mar permite la mayor selección, flexibilidad y posibilidad que su cocina exhibe frente a otras.
Por la íntima y apacible relación que la culinaria japonesa mantiene con la naturaleza y el medio ambiente, se acostumbra no sólo a servir en abundancia los productos de la temporada, sino a poner gran esmero en que el espíritu de la estación se refleje directamente en la comida y su disposición. E gusto natural de de los alimentos y el refinamiento en la presentación propician esta armonía ideal cuyo logro exige destreza y habilidad.
En los meses de primavera se adorna con las flores de cerezo. El bambú verde se usa, entonces, para la elaboración de imaginativas figuras trenzadas y anudadas. En otoño los arreglos incluyen hojas rojas. En año nuevo, pino. Las fuentes y la loza corresponden, igualmente, a las épocas del año. Sus formas y diseños identifican el momento y lo expresan. En invierno, por ejemplo, cuando el frío es implacable, se acostumbro a consumir platos para cuya preparación se llevan a la mesa marmitas y hornillas especiales, de manera que los comensales, al calor del fuego, participen y compartan la hechura de los mismos.
Aunque en Japón la forma más adecuada de servir los alimentos es la individual, dependiendo del número de personas o la época del año pueden usarse otras modalidades. Sin embargo, rige el principio de que al sabor placentero de los alimentos en sí, prosiga el placer individual de degustarlos.
El arte tradicional de decorar y servir la comida se expresa en japonés con el verbo yosou, que significa adornar, vestir, ornamentar, y que es resultado de la armonía crealiva que se establece entre los ingredientes, los recipientes en que se preparan y la loza en que se sirven. Es una estética fundamental que se aplica a los diferentes artes del país: la pintura, el ikebana, los jardines. La exigente combinación de colores y sabores demanda un enorme cuidado. Tradicionalmente, se incluyen cinco colores: verde, amarillo, rojo, blanco y negro; cinco sabores: dulce, salado, ácido, agrio y picante; cinco artes culinarios: crudo, cocido, vapor, parrilla y frito; y cinco elementos naturales: fuego, madera, tierra, metal y agua.
Además de aspirar a producir un plato suculento, la cocina japonesa se esfuerza por involucrar y deleitar todos nuestros sentidos, complementando y aunando en su totalidad lo sutil, lo armónico, lo bello y lo gustoso. Es una exposición de creatividad e imaginación dispuesta en colores sugestivos sobre una mesa. Tiempo, detalle y variedad son la clave de este despliegue. Porque, si bien es cierto que la abundancia y la diversidad de platos es grande, la cantidad que se sirve de cada uno es mesurada.
Otro rasgo que amerita resaltarse en la cocina japonesa es la diversidad y belleza de los utensilios empleados, cada uno con un atractivo singular. Sus versiones actuales son resultado de siglos de evolución y adaptación culinarias, fundamentadas en la versatilidad e ingeniosidad de un pueblo. Los recipientes de madera, por ejemplo, cubiertos con varias capas de laca, resisten el ácido, el alcohol, la sal y la humedad, y tienen la ventaja adiciona de mantener el calor de los alimentos sin transmitirlo a las manos, cualidad que se aviene con la forma tradicional de comer en Japón que es sosteniendo el tazón con una mano y con la otra los palillos. Palillos que, de paso, transforman los dedos en antenas y resultan apropiados para saborear la comida en las cantidades que culturalmente se acostumbra, cortar como cuchillo o recoger como tenedor. En Occidente los cubiertos están diseñados para sostener porciones más grandes.
La combinación de laca, piedra y porcelana ofrece un sereno contraste de texturas, tamaños y colores que, además de grato, implica un estudio del espacio en que se exhibe, puesto que las áreas principales deben quedar libres para realzar la belleza de la loza. El sitio mismo donde se come, la decoración y hasta el traje que se lleva, dependen de la ocasión, del tiempo, de los huéspedes, de la temperatura y la humedad, detalles que se conjugan para determinar e1 éxito de la comida y la satisfacción de los comensales.
El propósito es, entonces, lograr una armonía integral, llevar a la mesa una comida fresca y natural que refleje la estación y proyecte la naturaleza.
Por ello, es importante disfrutar e1 placer de prepararla y tomarse el tiempo para hacerlo. Además de la experiencia y de la práctica, se requiere el deseo de lograrlo. La comida japonesa es un arte de alto nivel, donde se expresa la sensibilidad de quien la prepara. La elaboración artística de esta culinaria demanda sentimiento, condición irrevocable de todo arte.
Los cortes y las técnicas para preparar las verduras y las carnes utilizadas en la cocina requieren tiempo y atención. Las mejores recetas se logran con las mejores técnicas de corte. Cada toque es único, cada plato es diferente. Cuando la comida está organizada en sus fuentes y dispuesta en su vajilla, se produce esa transformación visual que permite comerla con los ojos. El sentido de la preparación se complementa, entonces, con el de servir.
Hay un elemento cuya mención no puede omitirse al hablar de cocina japonesa: el arroz, producto básico en la dieta oriental, recibe siempre atención especial. Cuando el arroz acompaña una auténtica comida japonesa tradicional, lleva el honroso nombre de Gohan. Se trata de un arroz blanco, moderadamente blando y homogéneo, que es placentero comer acompañado de encurtidos típicos, el furikake, el ochazuke o el umeboshi.
Y con el arroz hay que mencionar el sushi, o arroz avinagrado, una de las preparaciones más apetecidas por los japoneses y tal vez el más representativo de su gastronomía a nivel universal. Su presentación, color, sabor amén de las pocas calorías que contiene, contribuyen a la fama que lo precede en toda mesa.
El sushi puede prepararse en variedad de formas y sabores. De los mares, ríos y lagos del país se obtiene la enorme diversidad de pescados y mariscos con que se combina y se decora.
Y es que el sushi no es sólo uno comida, es un arte fascinante, uno de los platos más bellos de mirar y más deliciosos de degustar. Su colorido y su forma dependen de la destreza de las manos que lo preparan.
Hay, además, otras ventajas de la cocina japonesa que han contribuido a su divulgación y aprecio alrededor del mundo: su valor nutricional y sus beneficios para la salud.
Los japoneses son líderes en lo que a la longevidad concierne. Y ello se atribuye al balance de su dieta, basada en pescados y vegetales, que produce como resultado una buena salud. El poco uso del aceite y el bajo contenido de colesterol del pescado han sido señalados, entre otras, como clave de su éxito. En cuanto al alto consumo de algas marinas, conocidas como nori, los estudios realizados indican que su alcance nutricional y su contenido vitamínico son bastante mayores que los de alimentos como la espinaca, la leche, el huevo.
La Quintaesencia de la Cultura Japonesa: Chaji El Ideal del Chaji
Comer y beber son eventos cotidianos en todas las culturas. Un chaji es una reunión formal de té a la cual son invitados varios huéspedes a compartir una comida sencilla y a tomar una taza de té. Aunque los actos son cotidianos, el universo que se abre a los participantes del chaji trasciende lo mundano para entrar en un ámbito espiritual. El Cha no yu (Ceremonia del Té) difiere de otras singulares tradiciones japonesas tales como el Kabuki, el teatro Noh, el Camino del Incienso y el arreglo floral; en que el simple acto de hacer el té en un tazón y ofrecerlo, es un acto cotidiano y común a través del cual se alcanza un estado de con ciencia alerta que de suyo es extraordinario, mientras que los otros mencionados comienzan con un acto extraordinario.
Kakemono, tanzakuRollo vertical, formato alargado. Tinta negra y color sobre papel. Por Takeuchi Seiko (1864-1942)A 6 x alt. 36 cm.El tema “cascada” hace que este rollo vertical se use en reuniones veraniegas, por la frescura que sugiere |
El carácter cultural único de Cha no yu tiene muchas facetas. El Dr. Tanigawa Tetsuzo en su libro La Estética del Cha no yu señala al respecto cuatro elementos: un elemento social, uno disciplinario, un elemento de divertimiento y uno ceremonial. Hay también un elemento espiritual, uno estético y, quizás más que uno de diversión, otro que podríamos llamar artístico. Estos elementos se han fundido en la fragua de la estética medieval japonesa conjuntando el nivel espiritual con el mundano para crear un arte único. Así, el Cha no yu podría describirse como un arte multifacético de salón, basado en un acto de la vida diaria.
Nuestra sociedad es materialista, aunque muchos quisieran cambiar el énfasis hacia lo espiritual sí se tiene en cuenta el creciente interés en el Cha no yu y —podría decirse también—, la creciente necesidad del Cha no yu.
El Cha no yu se ha internacionalizado grandemente en la medida en que innumerables personas no-japonesas, que anhelan la paz interior, se interesan en él. Esta época demanda una toma de conciencia sobre las posibilidades del Cha no yu como un “salón” en el que las gentes de todas las clases sociales y nacionalidades pueden reunirse a compartir sus intereses artísticos en una atmósfera de libre interrelación social e intercambio cultural, independientemente de su clase social: lo que es una manera de crear una etapa más espiritual.
“Sabed que en la práctica, aprendemos del uno al diez y luego regresamos del diez al uno”.
Esta es una importante línea en los Cien Poemas de Rikyu. Aunque superficialmente pueda parecer simple, esta enseñanza muestra que la vida de una persona dedicada al té y a la consecución de sus metas espirituales al realizar un acto ordinario y común, es una constante práctica ascética. A través de ella, la persona dedicada al té, se hace uno con el arte —en es te caso, con el arte de vivir que es el Cha no yu. El proceso mediante el cual un individuo se acerca a este espíritu es el temae; esto es, las técnicas concretas de hacer el té. El estudio, la repetición, el pulimento de las técnicas es la disciplina que, una vez dominada, se convierte en una parte del individuo y abre la mente al corazón del té.
La esencia del Cha no yu puede encontrarse en cuatro principios: Wa, armonía: entre el anfitrión y lo huéspedes, entre los utensilios, en los alimentos, entre nosotros y la naturaleza, en completa armonía con el mundo; Kei, respeto: mediante el cual, todo es reverenciado con la misma sinceridad cordial sir considerar su valor, de igual manera que debemos respetar a todas las personas sin considerar su rango, estatus, etc.; Sei, pureza: tanto física como espiritual. Sólo cuando estos tres principios están fuertemente arraigados en el alma podemos obtener el cuarto, Jaku tranquilidad: paz interior.
En un chaji, se ofrece té grueso y té delgado después de una comida ligera, con el ideal en mente de llegar a ser uno con el huésped. Al expresar esto, podría pensarse que el chaji es difícil de realizar; sin embargo se podría definir el chaji como un acabado intento de ofrecer hospitalidad, de manera calurosa y cordial. La comida no necesita ser espectacular. Unos cuantos platillos bellamente presentados, servidos humildemente y disfrutados totalmente. Un chaji nos conduce a un mundo de mutua consideración y contemplación, tan importante para el hombre moderno como lo ha sido antaño para los hombres de té. Cada evento particular que sucede una sola vez en la vida, nos hace prestar atención a los momentos fugaces de nuestras vidas. Este preciso instante —no el anterior ni el siguiente—, puede ser apreciado antes de que se vaya para siempre.
Un Chaji imaginario
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| Kakemono Fujino-e Jigasan “Nieve de Milenios”.Rollo vertical, formato rectangular.Tinta negra sobre papel.Por Tantansai (1893-1964)XIV Gran Maestro de Té Urasenke. | Una sabia y segura pincelada “retrata” la sugerencia del nevado eterno del monte Fuji, venerado símbolo del Japón |
El anfitrión requiere a sus huéspedes con la invitación a compartir una taza de té. Aunque el chaji tiene muchas variantes, examinemos un chaji a medio día para explicar el procedimiento.
Hay seis cosas importantes a considerar cuando se planea un chaji. Estas son el tema, el número y combinación de los invitados, el lugar y sus alrededores, la estación del año, la selección de los utensilios y la comida y, la preparación espiritual del anfitrión.
Primeramente, el anfitrión decide la hora y el tema pan la reunión y determina la lista de invitados.
Para este ejercicio imaginario, el comienzo de la primavera o del verano sería una buena época del año. Desde la selección de los utensilios y la preparación de la comida, todo deberá reflejar la estación y sus características y eventos especiales.
Al escoger los utensilios, se toma en cuenta el recinto y la estación del año. El más importante de ellos es el rollo vertical. A continuación se eligen flores sencillas que serán colocadas en el florero adecuado, teniendo en mente el apuntamiento de Rikyu de “disponerlas naturalmente tal como crecen en el campo”
Después de esto se eligen el recipiente de cerámica para el té grueso en polvo, el tazón y la cucharilla, etc.
Enza, tabakobonCojín y charola con utensilios para fumar.Enza: diam. 33 cm.Charola: L 22 x A 16 x alt. 7.5 cm.Hiire: diám. 10 x alt. 8.6 cm.Primera mitad S. XIX | Estos objetos se usan en el area de espera, antes de que los huéspedes entren al recinto del té. Los cojines, uno para cada invitado, son artesanías actuales del Edo. de México. El recipiente azul es de porcelana china (c. 1821-1840) y se usa para colocar una brasa de carbón para encender la pipa con tabaco (que no se muestra aquí). La charola, de la misma época, es de madera de pérsimo. El bambú, que contiene un poco de agua y se corta siempre fresco, se usa para cenicero. |
Los invitados llegan quince minutos antes de la hora convenida. Estarán en sosegada calma, expectantes a los esfuerzos del anfitrión. Ellos mismos se dirigen al cuarto de espera adonde se les servirá unos cuantos sobros del agua que se utilizará durante el chaji. El agua la servirá el asistente del anfitrión, ya que éste no saludará a los invitados hasta que se hayan sentado bajo la enramada de espera en el jardín. De allí, los huéspedes atravesarán uno a uno el jardín, ya habiendo enjuagado manos y boca con agua de la pileta de piedra y entran al recinto del té, donde contemplan con especial atención el rollo vertical colgado en el nicho y el brasero por igual. Después que el anfitrión ha saludado formalmente a cada huésped, se sirve una comida sencilla. Aquél, quienquiera que sea, la entrega personal mente; manteniendo siempre en mente el bienestar de sus invitados que les dará el sosiego para apreciar la belleza de la naturaleza y su singular pertenencia a ella.
Kama natsume arare-gamaMarmita de fierro fundido con forma de pérsimo y dibujo de “piedra de granizo”. Por Joun, artesano fundidor de Kioto. Mediados S. XX Diám. 20.5 x alt. 22 cm. |
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La manera de tomar parte en la comida que antecede al té, ha llegado a convertirse en la etiqueta correcta de la gente japonesa. Aunque la comida consta de cuatro o más platillos subsidiarios, estos son presentados en un cierto orden y saboreados por los huéspedes pensando en la hospitalidad del anfitrión. El término para esta comida, kaiseki —literalmente “piedra de las entrañas”— procede del Zen Budismo. Los sacerdotes Zen, meditando para alcanzar el estado de iluminación, tenían la costumbre de colocarse sobre el estómago unas piedras entibiadas en el fuego y luego envueltas en tela, y que habían recogido mientras trabajaban en el jardín. El calor de las piezas confortaba sus estómagos, apaciguando el hambre y el frío durante sus prácticas. Así pues, el origen de la comida para el té no sugiere ciertamente un opíparo banquete.
Las cuatro entradas principales, ichi ju san sai, “una sopa y tres platillos” son: sopa miso,- usualmente mariscos crudos frescos, mukozuke; abundantes ingredientes en un consomé claro, wanamori; y una entrada asada a la parrilla, yakimono. De los platillos subsidiarios, el hasun, un conjunto de productos de mar y de las montañas, acompaña el ritual de intercambio de brindis de sake (vino de arroz) entre el anfitrión y sus invitados. Una entrada final de agua caliente y arroz blanco con encurtidos, cierra la comida. Cada entrada es servida separadamente a la temperatura y oportunidad perfectas en sus recipientes individuales, escogidos para deleitar la vista tanto como al paladar. En verano, el anfitrión coloca el carbón en el brasero para calentar el agua sólo hasta después de la comida, ya que el cuarto podría acalorarse demasiado; en invierno, el carbón se coloca en el hogar a ras del suelo antes de la comida, a fin de calentar la habitación. Ya el carbón en su sitio, se enciende el incienso para purificar el ambiente y el utensilio para el mismo se hace pasar entre los invitados para su contemplación. Una vez que se les ha servido sendos dulces húmedos, los invitados salen del recinto y regresan a la enramada en el jardín.
Durante el receso, el anfitrión aerea el salón y retira el rollo vertical para substituirlo con un sencillo arreglo floral colocado para simbolizar la belleza de la naturaleza. Al lado del brasero y la marmita, se pone la vasija para agua clara y al frente de ésta, en funda de seda, el recipiente de cerámica para el té en polvo. Haciendo sonar un gong, el anfitrión avisa que todo está ya listo. Los invitados regresan al cuarto de té, habiéndose enjuagado de nuevo manos y boca. El preparar y compartir el té grueso en un solo tazón, con lo que comienza la segunda parte, es el punto culminante del chaji y la mayor parte del tiempo se pasa en silencio y en una participación sin palabras.
El anfitrión ha puesto una cantidad determinada de té según el número de invitados, así que cada uno de ellos bebe del tazón sólo tres sorbos y medio. Este beber comunitario une a los huéspedes en amistad y comunión. A continuación del té grueso y de la observación de las piezas utilizadas, el anfitrión renueva el fuego con carbón. Procede entonces a preparar una taza de té delgado para cada invitado. Una vez que todos han quedado satisfechos, se contemplan también los utensilios para el té delgado. El anfitrión y los invitados intercambian las salutaciones finales y estos últimos salen de la casa de té pero permaneciendo cerca de ella, pues el anfitrión abrirá la pequeña puerta y los verá partir hasta que se hayan alejado de su vista.
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