Ayer se anunciaron los nominados a los premios Oscar, y para sorpresa de muchos, el gran ausente en la categoría Animación es Gake no ue no Ponyo, el último trabajo de Hayao Miyazaki.
Siendo sinceros, era difícil que Astroboy entrara entre los candidatos. Por ello, las esperanzas recaían en Ponyo, en el acantilado, la bella historia de amor entre una sirenita y un niño humano, relatado como solo Miyazaki podría hacerlo, y dándole un nuevo aire al clásico de Hans Christian Andersen y la versión de Disney, Little Mermaid. Sin embargo, los seleccionados fueron Coraline de Henry Selick, Fantastic Mr. Fox de Wes Anderson, The princess and the frog de John Musker y Ron Clements, Up de Pete Doctor, voceada como favorita y The Secret of Kells de Tomm Moore. Justamente, es este último título es el más cuestionado por su nominación. Críticos de cine habrían preferido que Ponyo o Cloudy with a Chance of Meatballs ocupara su lugar.
Es cierto que Ponyo mantiene el sello de Miyazaki, un excelente argumento, una bella narración, y una magnífica calidad visual de animación, una obra de arte. Quizá no llega al mismo nivel de Mononoke Hime o Sen to Chihiro no Kamikakushi, el único anime en obtener un Oscar en la categoría animación. La Maison en Petit Cubes del japonés Kunio Kato logró la estatuilla dorada en la categoría Mejor Corto Animado el año pasado. Empero, es sin duda un bello anime en donde desbordan las emociones y el color. Ponyo resulta diferente a las últimas obras, quizá más adultas, de Miyazaki. Parece retomar un hilo que Miyazaki había dejado en Tonari no Totoro, de 1988, cuando emprendió el camino de la mítica Mononoke Hime,de 1997 o la determinada Chihiro, de 2001. En Ponyo, nuevamente un personaje femenino es aquel que marca la diferencia. La pequeña sirena no tendrá la fuerza de la princesa Mononoke, pero comparte la fragilidad y fortaleza de Chihiro.
Su motivación no es otra cosa que el amor. El deseo de convertirse en humana es tan fuerte desde que ingiere la sangre del pequeño Sosuke, que a sus cinco años decide su futuro y apuesta todo por ello, quizá sin saber que su determinación significa un desastre natural de grandes proporciones. Como en toda obra de Miyazaki, el cuidado del ambiente aparece desde el primer momento. El mar, como escenario de un mundo mágico se revela también como un poderoso ser que reduce a los humanos a la nada; oscuro y cruel, rebosante de vida transmitido a través de colores cálidos. Las amables ancianas de la casa de redondo parecen comprender bien lo que sucede, mientras la madre de Ponyo, que hace recordar a Nausica por momentos, acepta los sucesos extraordinarios con una naturalidad única y respalda a su hijo. Con sus casi siete décadas encima, Miyazaki estuvo muy involucrado en la producción a mano del anime. Las escenas del mar y sus peculiares olas, fueron hechas por el mismo. Sin lugar a dudas, Ponyo es un anime dirigido a público infantil, pero que sobre todo, puede ser disfrutado por un adulto, sin necesidad de recurrir a un lenguaje doble sentido. Es una pena no verlo competir por el Oscar, pero como dicen, ellos se lo pierden.
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