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El elemento más característico es el culto a la naturaleza. Ella domina con toda su belleza en los mitos cosmogónicos y los primeros poemas. Los antiguos pobladores de Japón, provenientes de las estepas de Siberia o de las áridas regiones del norte de China y Corea quedaron subyugados por el aspecto agradable de la naturaleza de Japón: el clima, los árboles variados y numerosos, la vegetación lujuriante, la fertilidad del suelo, ríos, lagos y montañas.
Instintivamente se estableció entre los hombres y la naturaleza una comunión de vida, hecha de respeto y de admiración. Todos los objetos y los fenómenos naturales que presentaban alguna característica extraordinaria fueron venerados en su calidad de kami (divinidad): cielo (Izanagi) y tierra (Izanami), Sol (la diosa Amaterasu) y Luna, viento, lluvia, las montañas (en primer lugar el Fuji), el mar, el fuego, etc. Del mismo modo eran venerados varios animales puestos en relación con determinadas divinidades a las que servían, como la zorra (identificada con Inari, la diosa de la alimentación), los ciervos y los monos. Se rendía culto también a lo que el hombre más necesitaba para el sustento de su vida física (el arroz, la sal) y a lo que causaba temor: serpientes, lobos, ciertos peñascos y lagos que se creían habitados por demonios.
Este culto a la naturaleza adquirió un carácter esencialmente animista más que panteísta. No se concibe una unidad universal, un espíritu absoluto trascendente que penetra todo, como en el pensamiento hindú. Los dioses son los elementos de la naturaleza divinizados, algo concreto; todo es habitado por distintos espíritus y todos los seres son animados. El Nihonji habla de “ocho millones” de kami y define el Japón de aquellos tiempos como “la tierra donde las divinidades brillaban como la luz y donde los árboles y la hierba podían hablar”.
Sentido comunitario
La segunda característica del shinto es el culto a los antepasados y la vida comunitaria manifestada en este culto.
Desde los tiempos más antiguos, lo que más contaba en la sociedad japonesa no era el individuo o una familia particular sino la tribu o el clan (uji).
El primitivo agricultor japonés no era nómade, aventurero, ni comerciante como los chinos. En su vida se fue acentuando el espíritu de la comunidad. Los documentos más antiguos que se conservan son largas listas genealógicas. Poco a poco fue predominando en la forma de pensar y en la estructura de la lengua lo social y lo comunitario sobre lo individual.
El jefe del clan gobernaba con autoridad absoluta y como tal, ya en vida era altamente honrado; por ende, después de la muerte le tocaba una veneración especial. Una ley establecía que al morir un jefe había que erigírsele un sepulcro especial. Algunos recibían el culto cotidiano del clan entero y llegaron a ser considerados divinidades. Así se formaron los ujigami, dioses tutelares de la tribu. El culto a esos kami era el lazo de unión entre los miembros de la comunidad.
Algunas veces, este dios tutelar se elegía entre los dioses de la naturaleza (por ej. el viento), realizándose de esa manera una fusión entre el culto a la naturaleza y el culto a los antepasados. También estos kami se integraban en la vida de la comunidad con un nexo tan íntimo que hace pensar en prácticas características del totemismo.
Los lazos comunitarios se perfeccionaban con los ritos que se celebraban en el santuario construido en medio del clan.
Actitud volcada al éxito material¿Qué se pedía a los dioses? El bienestar y la felicidad en esta vida. El shinto no se preocupa del más allá; no ofrece especulaciones sobre la inmortalidad del alma u otros temas abstractos. La muerte es el reino de las tinieblas; hay, pues, que valorar lo más intensamente posible esta vida. Por eso, en la más importante plegaria tradicional se piden “haces de espigas abundantes y espigas largas, hierbas dulces y hierbas amargas, algas de alta mar y algas de la costa; vestidos con telas brillantes y telas rutilantes, con telas suaves y toscas”. En otra se reza para conseguir “que el Sol y la Luna brillen claramente, que el viento y la lluvia vengan en el momento oportuno, que la nación se haga más rica y al pueblo se le garantice seguridad”.
Los dioses más venerados eran vinculados con la productividad, la fertilidad y la agricultura. Eran los “kami del misterioso espíritu de la generación”. También existen huellas de un culto fálico.
Esta visión intramundana dio origen a una actitud serena y optimista, abierta al gozo de todo lo que la vida ofrece, sin preocupaciones por un juicio futuro, como en las religiones semíticas, o un destino aplastante como en el hinduismo. Por esa razón, en los mitos japoneses, en ningún momento triunfa lo trágico ni los protagonistas aparecen abrumados por sentimientos aplastantes e impotencia, propios de otras mitologías.
De ahí que una de las típicas expresiones del shinto sean los festivales populares (matsuri) donde todo el pueblo mediante danzas, mimos, carros alegóricos y canciones demuestra su alegría.
Pureza ritual
El presupuesto más importante en la relación con los kami es la pureza. Se trata de una pureza ritual y exterior, ya que para el shinto el hombre (como el mundo) es bueno. El mal o pecado (tsumi) no es una falta o un desorden interno, ni tiene una proyección en el más allá. Designa las manchas o contaminaciones que convierten al hombre en un ser desagradable para los kami y le hacen sentir vergüenza ante ellos.
Algunas están vinculadas con la agricultura: obstruir canales de riego, destruir las cosechas, sembrar cizaña, no respetar los límites de los campos. Otras se refieren a situaciones existenciales: enfermedades repulsivas (lepra), contacto con los muertos y con la sangre (heridas, aun las involuntarias, menstruación, alumbramiento), maltrato de animales, ciertas faltas de orden sexual (el incesto y la bestialidad). Se olvida en la nómina de los pecados del shinto, lo interior y lo individual.
La purificación se realiza por medio de ritos externos y actos concretos que puedan ser percibidos sensiblemente. Hay diversas clases de purificación. La más común es el misogi (“lavado”) y está destinado a borrar las manchas accidentales; fango, muerte y enfermedad. Se hace por medio de abluciones, aspersiones de agua o sal, u otros ritos del mismo género. La pila que en nuestros días se coloca a la entrada de los santuarios para que se laven las manos y se enjuaguen la boca, también está en relación con la idea de purificación. Desde los tiempos más antiguos se utilizaron los baños calientes con fines a la vez rituales y prácticos, y se creyó que la sal, colocada en montoncitos junto a la entrada de las casas, en el brocal de los pozos, en las esquinas de los terrenos de lucha o en el suelo, después de las ceremonias funerarias, tenía el poder de purificar los lugares y los objetos que por distracción hubieran podido quedar manchados.
Esta misma preocupación por la purificación aparece en el cambio constante de capital o sede del emperador, hasta el año 710, cuando se la fija en Nara. La muerte del emperador contaminaba la ciudad. Con ese mismo fin de evitar toda impureza, se reedificaba (y se reedifica aún) cada 20 años el santuario más sagrado e importante dedicado a la diosa Amaterasu, en Ise.
Esta obsesión por la pureza ritual es lógica consecuencia de la creencia en la omniabarcante presencia de los espíritus. El mundo en todas sus manifestaciones es la morada de los dioses: hay que respetarlo, cuidando su limpieza y su belleza. El desorden y la suciedad serían una ofensa a los ocho millones de kami que pueblan el país de los cerezos en flor. No asombra que se haya calificado al shinto como la religión de la limpieza.
Sentido nacionalA la religión de la naturaleza y de la familia aldeana, centrada en el culto a los kami y en la búsqueda constante de lo bello y lo limpio, se añadió, por evolución lógica, la religión de la gran familia nacional. Cuándo y cómo esto haya acontecido es difícil de precisar, pero sin duda, tuvo como marco histórico la progresiva unificación del país, a partir de los primeros siglos de la época cristiana.
Alrededor del siglo V empezó a reinar la dinastía que quedará en el poder hasta nuestros días. Por influencia china en el siglo siguiente, al emperador se lo comienza a llamar tenno (“soberano celestial”) y se le atribuyen la función religiosa y la política. La reforma Taika (645) brinda bases jurídicas al sistema imperial que ya había logrado consolidarse en el país, por su parte, el código Taiho (701) entre la familia imperial declara al emperador soberano directo de todo el pueblo y único propietario de la tierra y establece el control de todos los santuarios principales.
En este clima se redactan en el siglo octavo el Kojiki y el Nihongi, con el propósito de ofrecer a la Familia Imperial una justificación mítica-religiosa.
Estos textos nos dan los principales elementos del shinto como religión nacional.
En primer lugar, a la fecha de llegada de la dinastía al poder se la hace retroceder mil años, y precisamente al año 660 a.C.. Su fundador, Ninigui, es el “augusto nieto” de la diosa más importante del panteón shintoísta, Amaterasu, de quien recibió los tres emblemas imperiales: el espejo, la espada y la joya, con estas palabras que le conferían el poder sobre “la fecunda llanura de los juncos”:
“Vástago soberano, ¡te la confío ¡Ve y gobiérnala! ¡Vete! Que prospere el divino linaje y, como los cielos y la tierra, ¡que no tenga fin!”
Ninigui, consciente de esta “tarea celestial”, proyecta establecerse en Yamato y hacer de aquella región “el centro del mundo” y “la gloria del universo”.
De estos hechos y de estas palabras se sacó la doctrina de la divinidad del emperador, “viviente prolongación de Amaterasu”, en un país sagrado, “soberano celestial” de un pueblo superior a todos los otros, por sus especiales relaciones con los dioses.
Estos principios fueron llevados a sus conclusiones extremas y chauvinistas por los reformadores shintoístas del siglo XVI y sobre todo, durante la época de la expansión militar japonesa de las primeras décadas del siglo XX.
Se identificó el culto al emperador con el Estado, la religión, la política y la administración. Se creó el eslogan “nación-familia” para significar la unión que debía existir entre la familia imperial como madre y centro de todas las ramas secundarias de las otras familias. Los súbditos debían manifestar hacia el emperador la misma piedad filial debida a los padres, con la salvedad de que en caso de conflictos, la primera debía prevalecer.
En el nuevo clima que se ha creado después de la derrota de 1945, el emperador es ahora un monarca constitucional en una democracia parlamentaria. Para la nueva Constitución, no es más una “persona sagrada y divina” sino sólo el “símbolo del Estado y de la unidad del pueblo”; para la totalidad de los japoneses es objeto de veneración y de sumo respeto; para los shintoístas ortodoxos sigue siendo “el heredero del espíritu de venerables deidades ancestrales” y una “soberana persona religiosa”.
Hoy como ayer, Japón sigue fiel a la tradición cultural recibida del shinto y centrada en el culto a la naturaleza, el sentido comunitario, la búsqueda del éxito material y de la limpieza y la conciencia de lo nacional.
Influencias
Los oficios realizados en el santuario shinto son similares a aquellos del tabernáculo israelita. Los japoneses oran frente al lugar sagrado, y no pueden entrar en él. Sólo los sacerdotes shinto pueden entrar en la Santidad de Santidades y sólo en momentos especiales. Lo mismo ocurría en el tabernáculo israelita. La Santidad de Santidades del santuario shinto está situada en el extremo oeste, como en el tabernáculo israelita. La Santidad de Santidades shinto esta también localizada en un nivel más alto que el lugar sagrado, y entre ellos hay peldaños. Los investigadores dicen que, en el templo israelita construido por Salomón, la Santidad de Santidades estaba en un nivel elevado también, y entre ellos había peldaños de 2.7 metros de ancho.
El interior del tabernáculo de Dios en el antiguo Israel estaba dividido en dos partes. Una es el lugar sagrado, y la otra la Santidad de Santidades. Del mismo modo esta dividido en dos partes el santuario Shinto.
Al frente de un templo japonés hay dos estatuas de leones, llamados "komainu", sentados a ambos lados de la entrada. También ésta es una costumbre del antiguo Israel. En el templo de Dios en Israel y en el palacio de Salomón, había estatuas o relieves de leones (1 Reyes 7:36, 10-19). En la antigua historia de Japón, no hubo leones, pero las estatuas de leones fueron puestas en los templos desde tiempos remotos.
Frente a un templo japones, hay un portón llamado el "torii". Un portón de este estilo no existe en China ni en Corea, es particular de Japón. Los portones "torii" consisten de dos pilares verticales y una barra conectándolos arriba. Pero la forma más antigua consistía de solo 2 pilares verticales y una soga conectando las partes superiores. Cuando un sacerdote shinto se inclina ante el portón, lo hace a cada pilar separadamente. Se supone que el portón "torii" fue originalmente construido solo de 2 pilares. En el templo israelita había dos pilares usados como entrada (1 Reyes 7:21). Y en la lengua aramea, que es la que usaban los antiguos israelitas, la palabra por entrada era "taraa". Esta palabra pudo haber cambiado ligeramente y convertirse en la japonesa "torii". Algunos "torii", especialmente en templos antiguos, están pintados de rojo. No puedo menos que pensar que esto recuerda los dos postes de la puerta y el dintel sobre el cual la sangre del cordero fue esparcida la noche anterior al éxodo de Egipto.
En la religión shinto existe la costumbre de rodear un lugar sagrado con una soga llamada "shimenawa", la cual tiene trozos de papel insertos a lo largo del borde inferior de la soga. La soga "shimenawa" se coloca como borde. La Biblia dice que cuando a Moisés le fueron dados los diez Mandamientos de Dios en el monte Sinai, él "puso límites" (Éxodo 19:12) a su alrededor para que los israelitas no se acercaran. Si bien yo no sé qué clase de cosas eran esos limites, sogas o cualquier otra cosa deben haber sido puestas para demarcarlos. La "shimenawa" japonesa bien podría entonces ser una costumbre originada en tiempos de Moisés.
La única gran diferencia entre un santuario shinto y el Templo israelita de antaño es que el templo shinto no tiene un altar para quemar los holocaustos de animales. Yo me he preguntado por qué la religión shinto no tiene la costumbre de sacrificar animales si el Shinto se origina en la religión del antiguo Israel. Pero encontré la respuesta en el Deuteronomio, capítulo 12. Moisés ordenó a su pueblo que no ofreciera sacrificios en ninguna otra parte excepto en lugares específicos de Canaan (12:10-14). Entonces, si los israelitas vinieron al antiguo Japón, no les estuvo permitido ofrecer sacrificios animales.
Muchas tradiciones japonesas se asemejan a tradiciones del antiguo Israel. Cuando los japoneses oran frente al lugar sagrado de un santuario shinto, comienzan por hacer sonar la campana dorada que cuelga en el centro de la entrada. Esa es la costumbre del antiguo Israel. El gran sacerdote Aaron puso "campanas de oro" en el borde de su manto. Eso fue así para que el sonido pudiera ser oído y él pudiera orar allí y no morir (Éxodo 28:33-35).
Los japoneses dan palmadas con sus manos dos veces cuando oran allí. Esta era la costumbre, en el antiguo Israel, que significaba "yo cumplo mis promesas". En las escrituras se puede encontrar la palabra que se traduce como "promesa". El significado original de esta palabra en hebreo es "dar palmadas con la mano" (Ezequiel 17:18, Proverbios 6:1). Parece ser que los antiguos israelitas daban palmadas cuando hacían promesas o cuando hacían algo muy importante. Los japoneses se inclinan frente al templo antes y después de dar palmadas y orar. También se inclinan cuando se encuentran con alguien, a modo de saludo cortés. Inclinarse era también la costumbre en el antiguo Isrel. Jacob se inclinó cuando se acercó a Esau (Génesis 33:3). He observado que los judíos modernos no se inclinan en saludo. Sin embargo, sí lo hacen cuando recitan plegarias.
Los japoneses tenemos la costumbre de usar sal para la santificación. La gente a veces vierte sal luego que una persona ofensiva se aleja. Viendo un drama por TV referido a la época de los Samurai, observe como una mujer derramó sal en el lugar que dejó un hombre que ella odiaba. Esta también es una costumbre de los antiguos israelitas. Luego que Abimelej capturó una ciudad enemiga, "él la sembró con sal" (Jueces 9:45). Los japoneses entendemos que esto significa que lo hace para limpiar y santificar la ciudad.
He escuchado que cuando los judíos se mudan a una casa nueva le echan sal para santificar y limpiar el lugar. Nuevamente, esto es igual en Japón. En los restaurantes de estilo japonés, usualmente ponen sal cerca de la entrada. Toda la carne kasher es purificada con sal y todas las comidas comienzan con pan y sal. Los japoneses ponen sal a la entrada de una casa funeraria. Luego de regresar de un funeral, uno tiene que derramar sal sobre sí mismo antes de entrar a su propia casa, porque se piensa en Shinto que cualquiera que asistió a un funeral o tocó un cuerpo muerto se ha vuelto impuro. Nuevamente el mismo concepto de los israelitas.
Los festivales del Japón se parecen a los del antiguo Israel. Hoy en día festejamos el año nuevo el 1ro.de enero, pero históricamente usábamos el calendario lunar, en el cual el actual 15 de enero era la fecha oficial de su celebración. Según la costumbre japonesa, durante la celebración se come "mochi" (tortas de arroz) a lo largo de los siete días. Esta es una costumbre similar a la judía, pues la Biblia dice: " Y el decimoquinto día del mismo mes (el primer mes) será el festejo del Pan Azimo al Señor; siete días deberéis comer pan ázimo " (Levítico 23:6).
La receta del pan ázimo es similar a la del mochi japonés, porque si se usa el arroz como ingrediente en vez de harina de trigo, se obtiene mochi. La palabra hebrea para el pan ázimo es matza. No puedo creer que sea un accidente que estos dos términos suenen tan parecidos. Además los japoneses comen un potaje con siete tipos de hierbas amargas durante la celebración. En épocas históricas la gente comía estas hierbas el 15 de enero. Los antiguos israelitas también comían "con hierbas amargas" el 15 del mes primero (Éxodo 12:8).
En el Japón, tenemos en muchos lugares los festivales "Gion" durante el verano. El más importante es el que se realiza en el templo shintoista "Yasaka-jinja", en Kyoto. Ese festival en Kyoto continúa a lo largo de todo el mes de julio de cada año, pero la parte más importante del festival tiene lugar desde el 17 al 25 de ese mes (al cual llamamos "el séptimo mes").
El 1ro.y el 10 de Julio también son importantes. Esta ha sido una tradición desde tiempos muy antiguos. Pero el 17 del séptimo mes es el día en que el arca de Noe llego a Ararat: "Entonces el arca se detuvo en el séptimo mes, en el decimoséptimo día, sobre el monte Ararat." (Génesis 8:4)
Hace ya más de 120 años, un comerciante de Escocia, N.Mcleod, vino al Japón e investigó las costumbres locales, escribiendo un libro titulado "Epitome of Japanese Ancient History". En él se comenta que "Gion" - importante festival que se celebra en Kyoto - se parece mucho a las
festividades judías.
El rabino Tokayer hizo un comentario similar. Sugirió que el nombre "Gion" le recuerda a "Sion", que es otro nombre utilizado para nombrar a Jerusalem. De hecho, Kyoto antiguamente se llamaba "Heian-kyo" que significa "paz". Jerusalem en hebreo también significa "paz", y "Heian-kyo" podría ser el equivalente japonés de Jerusalem.
El concepto de impureza durante la menstruación y parto ha existido en Japón desde antaño. Ha sido una costumbre en el Japón desde mucho tiempo atrás que una mujer durante la menstruación no debía asistir a las ceremonias en el tiempo. No podía tener relaciones sexuales con su esposo y tenía que aislarse en un recinto especial, que se construye para el uso común en la aldea, durante la menstruación y varios días posteriores.
Esta costumbre estaba ampliamente difundida en el Japón hasta la era Meiji (hace unos 100 años). Después de esos días de aislamiento, ella debía purificarse con agua de río, manantial o mar, pero allí donde no había ninguna de esas fuentes podía hacerse en una bañadera. Esto es muy parecido con la antigua costumbre de Israel (Levítico 15:19,28). Entre los judíos esta norma prevalece hasta hoy. No hay relaciones sexuales en los días de menstruación y 7 días posteriores, y después la mujer debe ir al Mikve, baño ritual. La gente moderna puede considerar irracional este concepto, pero la mujer, durante la menstruación o el parto, descansa física y mentalmente. Muchas mujeres dicen que se sienten impuras durante el período. No solamente en lo que concierne a la menstruación, sino también en lo que concierne al parto, el shintoismo japonés se parece al antiguo Israel. Una mujer que acaba de dar a luz se considera impura durante un cierto periodo. Este concepto esta atenuado hoy en Japón, pero era muy común en días pasados.
Si los antiguos israelitas vinieron al Japón, tendrían los japoneses la costumbre de la circuncisión? Si bien he oído un rumor de que se ha practicado la circuncisión dentro de la familia imperial japonesa, no he podido confirmar si ésta ha constituido una costumbre.
Hoy en día no existe costumbre de circuncisión entre los japoneses, pero sí hay una costumbre tradicional llamada "O-sichi-ya" que significa 7a.noche. A la 7a.noche desde el día del nacimiento de un bebe, los padres japoneses realizan una celebración para presentarlo a los parientes y amigos, y anunciar su nombre. La 7a.noche es, según la manera judía de contar los días, el 8avo.dia desde su nacimiento, que comienza con la puesta del sol. Esto me recuerda la costumbre judía de la circuncisión al 8avo.dia.
Los israelitas se reúnen el 8avo.dia, que se inicia en la 7a.noche desde el día del nacimiento, y los padres presentan al bebe a parientes y amigos, y lo circuncidan.
El Prof. Tanemoto Furuhata, que es una autoridad en medicina forense en la Universidad de Tokio, escribe en su libro que los tipos de sangre de los japoneses y los judíos son muy similares. También he sabido que un profesor de la Universidad de Paris había descubierto que el cromosoma "Y" de los japoneses es del mismo tamaño que el de los judíos. Pero yo espero que se realicen mas investigaciones, y es probable que la evidencia decisiva que pruebe que las tribus perdidas de Israel vinieron al Japón pueda provenir de ese tipo de estudios.
La cresta de la casa Imperial del Japón es una marca redonda con forma de una flor con 16 pétalos. Actualmente se la hace como un crisantemo, pero los eruditos dicen que en tiempos antiguos parecía mas como un girasol.
Esta es, sin duda, la misma forma de la marca que se encuentra en la puerta de Herodes en Jerusalem, que también tiene 16 pétalos. Esta marca de la casa Imperial del Japón ha existido desde tiempos muy antiguos, así como también la puerta de Herodes.
Ise-Jingu, en la prefectura de Mie, es el templo shintoista construido para la Casa Imperial del Japón. En la cercanía del templo, a ambos lados, hay unas lamparas hechas de piedra, que iluminan las calles. En ellas pueden verse las estrellas de David talladas en cada una de las lámparas cerca del tope. La cresta usada dentro del templo (Izawa-no-miya) en Ise-jingu es también la Estrella de David. Esto data de tiempos muy antiguos.
En la prefectura de Kyoto hay un templo llamado "Manai-jinja" que era el santuario Ise-jingu original. La cresta de "Manai-jinja" es también la estrella de David, y es igual a la que se encuentra en la sinagoga de Capernaum, Israel, que se construyó en siglo II EC, también usada en tumbas de judíos en el siglo III EC.
Finalmente, deseo mencionar el rumor que el nombre de Dios esta escrito en hebreo sobre el espejo sagrado que se guarda en el templo shintoista "Ise-jingu" desde tiempos remotos. En la Casa Imperial del Japón, hay tres valiosos tesoros que derivan de antiguos mitos japoneses. Ellos son una espada, un pendiente y un espejo. Ese espejo, llamado "Yata-no-kagami" (el espejo de Yata) está colocado en "Ise-jingu", que, como se mencionó anteriormente, es el templo shintoista de la Casa Imperial. Existe un rumor que el nombre de Dios esta escrito en hebreo al dorso de este espejo, que se considera muy sagrado, y a nadie se permite ver.
Pero hay algunas personas que insisten en que lo han visto. hace unos 100 años, Arinori Mori, el ministro de Educación, Cultura y Ciencia en Japón de entonces, afirmó que había visto el dorso del espejo, y que tenia escrito en hebreo el nombre de Dios 'YO SOY EL QUE ES", o sea el nombre que Dios reveló a Moisés (Éxodo 3:14)
Varias otras personalidades han afirmado haber visto el espejo, confirmando esta afirmación de lo escrito al dorso.
Hay dos teorías sobre cómo interpretar las letras sobre el espejo. Una consiste en interpretarlas como "Hifu-moji", que se cree era una forma de escritura existente en el antiguo Japón, antes que la escritura Kanji fuera importada de China. La otra teoría consiste en interpretarlas como hebreo antiguo.
La teoría de "Hifu-Moji" no me parece aceptable, porque encuentro en ella algunas contradicciones. Mas aun, nadie sabe realmente como era la escritura Hifu-moji.
Presencia del Shinto en el Japón actual
En los comienzos de 1946, el shinto se encontraba en la peor crisis de su historia. Los vínculos que lo unían con la estructura estatal habían sido cortados. Los ideales tradicionales sobre los que se fundamentaba habían sido desprestigiados. Los ministros del culto se hallaban improvisadamente dejados a la suerte de los fieles de sus santuarios.
La puesta en marcha del shinto como religión en libre e igual competencia con las otras religiones no fue fácil. La acción de la recién nacida Asociación de los santuarios shintoístas, integrada en la Liga nacional de las religiones se desarrolló en tres direcciones: intentar la recuperación de algunas posiciones perdidas, en total respeto por las libertades democráticas; movilizar y sensibilizar a sus partidarios respecto de las nuevas responsabilidades; adaptarse a los cambios de una sociedad siempre más urbana e industrializada
Más de cuarenta años después, los resultados conseguidos no dejan de asombrar y, al mismo tiempo, de plantear interrogantes.
Los que manifiestan adherir al shinto están en continuo aumento y superan holgadamente a los partidarios de otras religiones: 109 millones a fines de 1990 (70millones en 1950) seguidos por budistas (96 millones) y por cristianos
(1.484.000). El 80% de los casamientos se celebra con el rito shintoísta y más del 50% de las familias conserva en sus casas el templete, sede de los espíritus de los antepasados. El número de los que visitan los santuarios en los primeros días del Nuevo Año aumenta continuamente: 45 millones en 1970, 58 en 1973 y 80 millones en 1986.
Shinto y vida culturalPunto de partida y de referencia de esa actividad cultural son dos universidades shintoístas, la Kokugakuin en Tokio y la Kogakkan en Ise y una decena de sociedades o centros esparcidos en todo el país, dedicados a promover los estudios sobre el shinto en general o sobre temas específicos. Cada uno de estos organismos tiene sus revistas, algunas de ellas de nivel estrictamente científico.
La iniciativa editorial más importante es la publicación de “Obras Completas del Shinto” (Shinto taikei), empezada en 1977 bajo la dirección de Sakamoto Taro y la colaboración de los mejores especialistas. Está dividida en varias secciones: obras clásicas, rituales, documentos inéditos de los santuarios más importantes, doctrina y literatura. Se prevén ciento veinte volúmenes, de los cuales más de la mitad ya fueron publicados.
Es comprensible que los estudios sobre los textos clásicos tengan la precedencia. Desde 1952, un Boletín Anual informa sobre las publicaciones relativas al Kojiki. Se destacan el Comentario completo de Korano Kenji en siete volúmenes (1973-1980) y una recopilación de ensayos en ocho volúmenes (1956-1958). El comentario de Mishima Akikide-Yokota Kenichi al Nihon Shoki comprende doce volúmenes (1964- 1982).
En el campo histórico, los diez volúmenes de Nishida Nagao, Estudios sobre la Historia del Shinto Japonés pueden ofrecer una primera orientación. Decenas de monografías profundizan aspectos específicos: períodos, varias formas del shinto, relaciones con el taoísmo y el budismo, autores principales, santuarios. Se destacan los veinticinco volúmenes publicados por la Universidad Kogakkan (1976- 1986) sobre la historia de los 2961 santuarios subvencionados por el estado (Kansha) y recordados en el Engishiki en el año 927. De los trece volúmenes de la Historia de la Religiosidad Popular, siete están dedicados al shinto. Gorai Shigeru es el director de la Historia del culto a las montañas, en dieciocho volúmenes, que investiga sobre los santuarios shintoístas y templos budistas ubicados en las montañas principales y sobre la espiritualidad de los ascetas que allí vivían. Otra colección en cinco volúmenes está dedicada a Rituales Shintoístas (1976-1978).
La mitología japonesa ha sido encarada en un clima de total libertad y con criterios científicos, por Matsumura Takeo (cuatro volúmenes), mientras que otros se han especializado en las relaciones de los mitos japoneses con los de Corea, Siberia y el sudeste asiático.
No faltan obras que estudian el shinto desde el punto de vista de la economía y de la sociología. Las bases de la arqueología shintoísta fueron puestas por Oba Iwao, autor de Vestigios de Rituales Shintoístas (1970) y editor de Estudios sobre la Arqueología del Shinto en seis volúmenes (1972-1981)
El “mito Yanagita”Al otro extremo se sitúa el campo que reúne, si no el mayor número de investigadores, ciertamente los más conocidos: el folklore tan íntimamente unido al shinto.
Entre ellos descuella Yanagita Kunio (1975-1982), considerado por muchos el intelectual más conocido y leído en el Japón de hoy.
Poeta en su juventud, funcionario estatal, periodista, miembro de la delegación japonesa a la Sociedad de las Naciones en Ginebra, en 1930 se retira de todo compromiso público para dedicarse completamente, hasta el final de su vida, a recolectar, seleccionar y sistematizar las tradiciones populares. Viajó por todo el Japón, se rodeó de un buen número de discípulos que lo ayudaron en la búsqueda del material, fundó un Instituto Japonés para el folklore y volcó el resultado de sus estudios en un gran número de artículos, libros, conferencias y lecciones (fue el primer Profesor en la cátedra de Antropología Cultural, en la Universidad de Tokio). Se proponía hacer aflorar de la tradición popular los elementos distintivos del carácter nacional, el “ser” japonés.
Hijo de un ministro del culto shintoísta, fue educado en el respeto por los valores del pasado. El shinto era para él, la fe viviente del pueblo japonés; su esencia debía ser buscada, antes que en los textos clásicos, en las tradiciones primitivas transmitidas hasta nuestro tiempo a las capas más humildes del pueblo. Le interesaban, en la historia y en la actualidad, no tanto los acontecimientos protagonizados por grandes personajes, sino las experiencias del “hombre común” (jomin), término que acuñó en 1930. Distinguía entre el shinto como fe indígena, preservada desde los tiempos de la prehistoria y el shinto de los teólogos y los historiadores, en muchos aspectos artificial y cerebral. Apreciaba los trabajos de los grandes reformadores del siglo XVIII que habían dado vida a la “Doctrina Nacional”, pero les reprochaba haber olvidado al “hombre común” y llamó a su sistema la “Nueva Doctrina Nacional”.
Como punto de partida de la antigua tradición, ponía el culto a los antepasados en contraste con los que preferían el culto a la naturaleza. Las luchas entre los “dioses de los cielos” y los “dioses de la tierra” de los mitos primitivos eran la transposición de las guerras entre los conquistadores extranjeros (los antepasados de la familia imperial) y los habitantes primitivos. No aceptaba el shinto estatal, impuesto en el período anterior a la guerra, porque utilizaba las tradiciones religiosas del pueblo al servicio de un estado-familia y del militarismo, Contrariamente a las prescripciones del gobierno, veía en el “shinto de los santuarios” una verdadera dimensión religiosa y no quiso aceptar el decreto imperial de 1890 sobre la educación como expresión de toda la ética japonesa.
Estaba preocupado por preservar los valores nacionales y, sin alejarse de sus investigaciones del folklore japonés, auspiciaba “un estudio unitario y comparado del folklore mundial” hasta llegar a la desaparición de las distinciones entre la cultura “nuestra” y la de los “otros”. Para lograr esto y evitar una universalización fácil y contraproducente era necesario que, antes, cada pueblo descubriese bien sus valores e identidad.
A estas convicciones, Yanagita las volcó en una decena de libros dedicados a varios aspectos del shinto: culto a los antepasados, festivales y ritos, divinidades tutelares de los clanes y las montanas. Su producción abarcó muchos otros temas vinculados directa o indirectamente con las tradiciones populares y con el shinto, como la historia del lenguaje, de la familia y del pensamiento.
Todo esto hizo de Yanagita el padre da la moderna ciencia del folklore japonés. Se lo compara con Durkheim, Malinowski, Lévi-Strauss y sobre todo con Frazer, cuya Rama Dorada leyó en su juventud, quedando fascinado. Recibió en vida públicos y solemnes reconocimientos por sus trabajos, a los que siguió un cierto silencio en los años inmediatamente posteriores a su muerte hasta que explotó -en la década del 70- el “boom” Yanagita, en coincidencia con el centenario de su nacimiento y el decenio de su muerte. Se publicaron siete antologías de ensayos dedicados a él, once monografías sobre su pensamiento, numerosas ediciones de una selección de sus obras en treinta y seis volúmenes, doce números únicos de revistas literarias sociales y educativas y hasta una publicación periódica, de 1973 a 1975, titulada Estudios sobre Yanagita Kunio.
Nació así el “mito Yanagita”, determinado por la novedad de los temas, la forma artística y apasionada de presentarlos y el mensaje subyacente: sacar del pasado un estímulo y una guía para resolver los problemas actuales.
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